lunes, 14 de noviembre de 2011

FILOSOFÍA II - "La Escuela de Atenas" desde varios... "enfoques".

1: Zenón de Citio o Zenón de Elea – 2: Epicuro – 3: Federico II Gonzaga – 4: Boecio o Anaximandro o Empédocles – 5: Averroes – 6: Pitágoras – 7: Alcibíades o Alejandro Magno – 8: Antístenes o Jenofonte – 9: Hipatia (pintada como Margherita o el joven Francesco Maria della Rovere) – 10: Esquines o Jenofonte – 11: Parménides – 12: Sócrates – 13: Heráclito (pintado como Miguel Ángel) – 14: Platón sosteniendo el Timeo (pintado como Leonardo da Vinci) – 15: Aristóteles sosteniendo la Ética – 16: Diógenes de Sinope – 17: Plotino? – 18: Euclides o Arquímedes junto a un grupo de estudiantes (pintado como Bramante) – 19: Estrabón o Zoroastro? – 20: Claudio Ptolomeo – R: Rafael como Apeles – 21: El Sodoma como Protógenes.

(Doble click en la imagen)


"En la época renacentista se combinaron todos los elementos necesarios para favorecer la unión de la filosofía y el arte. Una filosofía que pretendía rescatar el conocimiento de los grandes filósofos griegos, y un arte que plasmó obras maestras capaces de expresar a través de la belleza y la armonía el saber de la humanidad. Un símbolo perfecto que puede aunar ambas expresiones se da en una obra pictórica nacida de esa doble inquietud: La Escuela de Atenas, donde Rafael inmortalizó dos épocas hermanadas por un ideal común: la búsqueda de la verdad y de la belleza
Un joven pintor de Urbino, Rafael (1483-1520) fue llamado a Roma por el Papa Julio II con tan sólo 26 años (seguramente apadrinado por Bramante), para pintar los frescos de tres estancias del Vaticano. Diversas circunstancias habían puesto fin a la labor de los pintores que trabajaron previamente en ellas: Signorelli, Bramantino, Perugino, Lotto y otros de igual importancia, que fueron finalmente relevados por Rafael, quien no vaciló en asumir la magna empresa en su totalidad.
En la primera estancia, llamada Sala de la Signatura, se ubica la obra en cuestión; era la biblioteca privada del Papa. La temática decorativa de esta habitación gira en torno a cuatro campos del saber: Teología, Filosofía, Jurisprudencia y Arte. La Escuela de Atenas está dedicada a la filosofía. Este mural gigantesco que ocupa una pared, reúne a los más insignes filósofos griegos bajo el marco de un edificio colosal, reflejo de la arquitectura renacentista, que a su vez se inspiró en los modelos clásicos griegos y romanos. El edificio donde se enmarca la escena es un exponente de la arquitectura de Bramante, gran amigo de Rafael. Realzado con bóvedas de medio cañón y una cúpula, está inacabado, reflejando de este modo que las siguientes generaciones tienen que ir construyendo y desarrollando la filosofía. Es interesante observar cómo las catedrales góticas también dejaban obras para las siguientes generaciones, como una señal de perpetuidad.
En los laterales del pórtico se distinguen dos estatuas: Apolo, dios de la luz, la armonía y el arte, y Atenea, diosa de la sabiduría. Una vez más, se hermanan filosofía y arte, y es que el Renacimiento pretende imprimir en todas sus obras un espíritu que las habite, dotándolas de vida. Todo este fondo sirve de escenario para presentar a los filósofos, que aparecen retratados de forma muy estudiada -tanto en la composición general como en la postura que adoptan-, reflejando en su movimiento la esencia de su pensamiento. He aquí uno de los motivos que denotan la genialidad de Rafael: poder reflejar no sólo las formas físicas, sino también las psicológicas, de las figuras que aparecen, otorgándoles anima y rescatándolos del recuerdo para hacerlos presentes una vez más.
Los protagonistas del fresco están en el centro: son Platón y Aristóteles; el primero porta El Timeo, el segundo La Etica; ambos reflejan dos mentalidades que han configurado el saber en Occidente. Platón señala el mundo celeste, el mundo de las Ideas, origen de todo lo manifestado, mientras que Aristóteles extiende su mano en horizontal, la tierra, donde prima el mundo concreto y objetivo. Aristóteles fue discípulo de Platón y su obra surge de sus enseñanzas, pero al incidir en el aspecto formal por encima del espiritual, creó una distancia entre ambas concepciones, que con el tiempo se fue acentuando, llegando a ser incluso antagónica. Estas figuras enmarcadas por el arco del fondo configuran por sí mismas un cuadro dentro del conjunto.
Cada uno de los personajes restantes están agrupados en función de las ideas o ciencias que desarrollaron. Hay varias hipótesis acerca de quién es cada uno, pero vamos a señalar los más claros y representativos. Contemplando el fresco, a la izquierda aparece Sócrates, marcando silogismos con las manos, mientras un atento grupo le escucha; de ellos destaca Alejandro Magno el joven militar, Alcibiades con una túnica azul y Jenofonte, el anciano que está a su lado, representado así por los muchos años que vivió (92), aunque en realidad era muy joven cuando el maestro ateniense vivía. Sócrates transmitía sus enseñanzas en base a diálogos y gustaba de conversar con cuantos se prestaran para llegar, en base al razonamiento, a conclusiones sobre distintos temas -casi siempre de índole moral-, por eso se le representa rodeado de oyentes.
A la izquierda, bajo los escalones, aparece otro grupo de filósofos, esta vez presidido por Pitágoras, que está escribiendo sobre unas proporciones numéricas y geométricas que aparecen en una tabla que sostiene Anaxágoras. El gran maestro jónico desarrolló el estudio de la armonía, las matemáticas y la música, en una escuela en donde también se aplicaba el conocimiento a la formación del carácter. Anaximandro observa y apunta detrás de Pitágoras, como gran estudioso de las matemáticas y la astronomía. A su lado y de pie, aparece Averroes.
Detrás de esta escena y vestida totalmente de blanco, se sitúa Hipatia, la última directora de la Escuela Neoplatónica de Alejandría, que además de filósofa, fue médico y científica. Epicuro está leyendo apoyado en la columna, con una corona de laurel y con un rostro sereno que refleja su teoría del placer como verdadero bien, aunque habla de un placer estable, virtuoso y puro. Zenón, está a su lado de perfil, con rostro serio; este filósofo desarrolló extensamente la dialéctica.
Sentados en los escalones están dos personajes aislados del resto: el primero es Heráclito, con la cabeza apoyada en actitud de meditación; es el más importante de los presocráticos y desarrolló la metafísica magistralmente. Recostado más atrás está Diógenes, el cínico que rehuía totalmente los bienes materiales y sentía aversión por el mundo de los sentidos, por eso aparece medio desnudo, sobre los escalones, de forma humilde en extremo.
Pasando al grupo de la derecha inferior, está Euclides, enseñando con un compás, que representa el estudio de las ciencias. Detrás, dos personajes sujetan unas esferas: Zoroastro, que lleva la bóveda celeste, representando los conocimientos astronómicos que caracterizaron a los «mags» caldeos, sacerdotes de la religión fundada por este personaje. De espaldas, identificado por su corona, está Ptolomeo, faraón de la dinastía egipcia de origen griego, sujetando en este caso la tierra.
Detrás de la esfera celeste, aparece el escéptico Protágoras, quien pronunció la famosa sentencia «El hombre es la medida de todas las cosas». A su derecha aparecen tres personajes enigmáticos en una posición que les unifica y que bien podrían representar las tres edades del hombre; la juventud efímera (es curioso observar que parece querer escapar del cuadro), la madurez (aquí el rostro contempla al observador, que está presente y activo) y la vejez, que ya mira en otra dirección con quietud.
Hasta aquí los más importantes filósofos que aparecen. A nivel anecdótico es muy interesante observar que era tal la identificación de los renacentistas con los clásicos, que Rafael quiso inmortalizar los rostros de sus coetáneos más emblemáticos en personajes de similares características: el gran Leonardo es Platón, Bramante es el científico Euclides, Miguel Angel es Heráclito y el propio pintor se autorretrató junto a su compañero Sodoma, apareciendo al lado de Ptolomeo. Rafael, con gorro negro, mira al espectador con complicidad. Grandes pensadores y científicos del mundo clásico junto a las figuras clave del Renacimiento, unidos por una comunión de ideas que están más allá del tiempo, porque no pertenecen a una época concreta, sino que participan del conocimiento perenne del ser humano.
En cuanto al artista, hallamos en Rafael el paradigma del pintor renacentista: sintetiza de forma ecléctica la pureza y la armonía de las formas idealizadas, fiel reflejo de su pensamiento. Recibe influencias de Leonardo en la extraordinaria combinación de claroscuros; trabaja las sombras y las luces con equilibrio y cada detalle del fresco tiene una luminosidad diferente en función de las posturas de los personajes y del foco de luz. De la escuela veneciana recoge la valoración pictórica, a diferencia de los definidos contornos de las formas, tan característico de los florentinos; es decir, utiliza el color para definir formas y volúmenes más que el trazo de un pincel que defina lo mismo, técnica que nos recuerda el esfumatto de Leonardo. Por último, recibe influencias de Miguel Ángel en la monumentalidad de sus lienzos y sus figuras de complicados escorzos.
En su época, los Rafaelistas y los Miguelangelistas establecieron dos estilos a veces confrontados. El primero creó escuela y gozó de gran éxito social, dado su exquisito trato. Según Vasarifú, su cortesía rivalizaba con su maestría artística. A pesar de su temprana muerte a los 37 años, transmitió sus conocimientos a muchos discípulos que colaboraron en sus obras de forma regular. Por el contrario, Miguel Ángel, de carácter más introvertido e individualista, trabajó en su obra con gran esfuerzo y extraordinario talento, pero solo; no creó un taller donde transmitir su técnica. Sin embargo, Rafael reconocía su genialidad y quiso inmortalizarlo en su obra. En el cartón original que usó para preparar el fresco -que hoy se conserva en la Biblioteca Ambrosiana de Milán- se puede observar que no aparece Miguel Ángel, pero luego decidió incorporarlo. Con ello observamos que Rafael realizaba con cuidado sus bocetos y al mismo tiempo tenía una flexibilidad que le permitía variar ideas que podían mejorarse durante su labor creativa.
Cuerpo y espíritu, acción y pensamiento se combinan con intensidad en esa búsqueda del conocimiento, en esa inquietud que anima las figuras que buscan respuestas; tan sólo Platón está en perfecta calma y serenidad, en contraste con el movimiento del resto de los filósofos. Como decía este gran ateniense, detrás de toda obra está la idea que le da vida y le permite manifestarse en el mundo visible. Tal vez, al igual que hicieron los humanistas, podamos crear un puente invisible que nos una con aquella forma optimista de ver la vida y aquel sentimiento de juventud tan emblemáticos que se dieron en el Renacimiento, adaptado a nuevas formas que busquen la unión armónica del ser humano con la Naturaleza. El primer paso es creer firmemente en la idea, el resto es cuestión de trabajar arduamente".

Catalina Simonet


miércoles, 9 de noviembre de 2011

GRIEGO I - Esparta.

MATERIALES:
Videos tu.tv


ACTIVIDADES:
  1. ¿Cuáles son los tres grandes valores del pueblo espartano?
  2. Haz un breve resumen del origen de Esparta (max. 5 lín.) a través de los conceptos: "dorios", "Laconia", "Lacedemón" y "Esparta".
  3. ¿Por qué Esparta pasó de ser una ciudad artísticamente rica a ser un pueblo sobrio y eminentemente bélico?
  4. Basándote en el siguiente esquema haz una descripción de cada una de las clases sociales y cada una de las instituciones políticas de Esparta.
  5. Describe brevemente el papel de las mujeres espartanas (max. 5 lín.).
  6. ¿Cómo se llama el sistema educativo espartano? Descríbelo en 7 líneas como max. ¿Qué papel juega en él la Krypteia?

sábado, 29 de octubre de 2011

FILOSOFÍA II - La divinidad en Platón.


La teoría de las almas en Platón es, probablemente, la más importante para entender la finalidad política de la famosa Teoría de las Formas o Teoría de las Ideas. De hecho, deberíamos considerarla como el verdadero enlace entre ésta y el verdadero interés de Platón por la filosofía.

No deberíamos ver a un Platón tan desprendido del mundo que le rodea, desde luego no tanto como él mismo pretende. Cierto que los académicos no se preocupaban por la realidad política del momento en Atenas, pero es igualmente constatable los intereses del atlético Aristocles por los beneficios del aprendizaje de las formas puras de cara a una convivencia ideal entre personas, una búsqueda que sus denostados artístas ya habían perseguido a través de la escultura y la arquitectura.

En su concepción del alma humana Platón nos dice que nuestra "forma de ser" está impulsada por tres fuerzas complementarias, una de las cuales, la parte concuspiscible o apetitiva, es indomeñable y descontrolada, handicap de serie por ser humano. Esta parte incontrolable es la que hace sentirnos atraídos irremediablemente por la realidad sensible y física.

Pero la perfección no hay que buscarla en estas metas físicas, como hacen los artístas, sino más bien en el conocimiento, en el impulso cognoscitivo.
En oposición a los hombres, las almas divinas son perfectas, sabias, con deseos controlables, lejos de aquellos dioses "demasiado humanos" que la tradición literaria describía, y que tanto seducía al joven Aristocles hasta que Sócrates le abrió los ojos ayudándole a salir de la caverna:

"Sobre su inmortalidad, pues, basta con lo dicho. Acerca de su idea debe decirse lo siguiente: descubrir cómo es el alma sería cosa de una investigación en todos los sentidos y totalmente divina, además de larga; pero decir a qué es semejante puede ser el objeto de una investigación humana y más breve; procedamos, por consiguiente, así. Es, pues, semejante el alma a cierta fuerza natural que mantiene unidos un carro y su auriga, sostenidos por alas. Los caballos y aurigas de los dioses son todos ellos buenos y constituidos de buenos elementos; los de los demás están mezclados. En primer lugar, tratándose de nosotros, el conductor guía una pareja de caballos; después, de los caballos, el uno es hermoso, bueno y constituido de elementos de la misma índole; el otro está constituido de elementos contrarios y es él mismo contrario. En consecuencia, en nosotros resulta necesariamente dura y difícil la conducción. Hemos de intentar ahora decir cómo el ser viviente ha venido a llamarse "mortal" e "inmortal". Toda alma está al cuidado de lo que es inanimado, y recorre todo el cielo, revistiendo unas veces una forma y otras otra. Y así, cuando es perfecta y alada, vuela por las alturas y administra todo el mundo; en cambio, la que ha perdido las alas es arrastrada hasta que se apodera de algo sólido donde se establece tomando un cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo a causa de la fuerza de aquella, y este todo, alma y cuerpo unidos, se llama ser viviente y tiene el sobrenombre de mortal. En cuanto al inmortal, no hay ningún razonamiento que nos permita explicarlo racionalmente; pero, no habiéndola visto ni comprendido de un modo suficiente, nos forjamos de la divinidad una idea representándonosla como un ser viviente inmortal, con alma y cuerpo naturalmente unidos por toda la eternidad. Esto, sin embargo, que sea y se exponga como agrade a la divinidad. Consideremos la causa de la pérdida de las alas, y por la que se le desprenden al alma. Es algo así como lo que sigue.
La división platónica
del alma racional en tres partes siguiendo el libro de Apuleyo: "Sobre el Dios de Sócrates": Dios en el cielo, los demonios en el aire y los humanos en la tierra.
La fuerza del ala consiste, naturalmente, en llevar hacia arriba lo pesado, elevándose por donde habita la raza de los dioses, y así es, en cierto modo, de todo lo relacionado con el cuerpo, lo que en más grado participa de lo divino. Ahora bien: lo divino es hermoso, sabio, bueno, y todo lo que es de esta índole; esto es, pues, lo que más alimenta y hace crecer las alas; en cambio, lo vergonzoso, lo malo, y todas las demás cosas contrarias a aquellas, las consume y las hace perecer. Pues bien: el gran jefe del cielo, Zeus, dirigiendo su carro alado, marcha el primero, ordenándolo todo y cuidándolo. Le sigue un ejército de dioses y demonios ordenado en once divisiones pues Hestia queda en la casa de los dioses, sola. Todos los demás clasificados en el número de los doce y considerados como dioses directores van al frente de la fila que a cada uno ha sido asignada. Son muchos en verdad, y beatíficos, los espectáculos que ofrecen las rutas del interior del cielo que la raza de los bienaventurados recorre llevando a cabo cada uno su propia misión, y los sigue el que persevera en el querer y en el poder, pues la Envidia está fuera del coro de los dioses. Ahora bien, siempre que van al banquete y al festín, marchan hacia las regiones escarpadas que conducen a la cima de la bóveda del cielo. Por allí, los carros de los dioses, bien equilibrados y dóciles a las riendas, marchan fácilmente, pero los otros con dificultad, pues el caballo que tiene mala constitución es pesado e inclina hacia la tierra y fatiga al auriga que no lo ha alimentado convenientemente. Allí se encuentra el alma con su dura y fatigosa prueba. Pues las que se llaman inmortales, cuando han alcanzado la cima, saliéndose fuera, se alzan sobre la espalda del cielo, y al alzarse se las lleva el movimiento circular en su órbita, y contemplan lo que está al otro lado del cielo. 
Platón persiguiendo poetas (MMW, 10 A 11, fol. 055v, libro 2, 14)
A este lugar supraceleste, no lo ha cantado poeta alguno de los de aquí abajo, ni lo cantará jamás como merece, pero es algo como esto -ya que se ha de tener el coraje de decir la verdad, y sobre todo cuando es de ella de la que se habla-: porque, incolora, informe, intangible esa esencia cuyo ser es realmente ser, vista sólo por el entendimiento, piloto del alma, y alrededor de la que crece el verdadero saber, ocupa, precisamente, tal lugar. Como la mente de lo divino se alimenta de un entender y saber incontaminado, lo mismo que toda alma que tenga empeño en recibir lo que le conviene, viendo, al cabo del tiempo, el ser, se llena de contento, y en la contemplación de la verdad, encuentra su alimento y bienestar, hasta que el movimiento, en su ronda, la vuelva a su sitio. En esta giro, tiene ante su vista a la misma justicia, tiene antes su vista a la sensatez, tiene ante su vista a la ciencia, y no aquella a la que le es propio la génesis, ni la que, de algún modo, es otra al ser en otro -en eso otro que nosotros llamamos entes-, sino esa ciencia que es de lo que verdaderamente es ser. Y habiendo visto, de la misma manera, todos los otros seres que de verdad son, y nutrida de ellos, se hunde de nuevo en el interior del cielo, y vuelve a su casa. Una vez que ha llegado, el auriga detiene los caballos ante el pesebre, le echa pienso y ambrosía, y los abreva con néctar.
Tal es pues la vida de los dioses. De las otras almas, la que mejor ha seguido al dios y más se le parece, levanta la cabeza del auriga hacia el lugar exterior, siguiendo, en su giro, el movimiento celeste, pero, soliviantada por los caballos, apenas si alcanza a ver los seres. Hay alguna que, a ratos, se alza, a ratos se hunde y, forzada por los caballos, ve unas cosas sí y otras no. Las hay que, deseosas todas de las alturas, siguen adelante, pero no lo consiguen y acaban sumergiéndose en ese movimiento que las arrastra, pateándose y amontonándose, al intentar ser unas más que otras. Confusión, pues, y porfías y supremas fatigas donde, por torpeza de los aurigas, se quedan muchas renqueantes, y a otras muchas se les parten muchas alas. Todas, en fin, después de tantas penas, tiene que irse sin haber podido alcanzar la visión del ser; y, una vez que se han ido, les queda sólo la opinión por alimento. El porqué de todo este empeño por divisar dónde está la llanura de la Verdad, se debe a que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es el que viene del prado que allí hay, y el que la naturaleza del ala, que hace ligera al alma, de él se nutre. Así es, pues, el precepto de Adrastea. Cualquier alma, que, en el séquito de lo divino, haya vislumbrado algo de lo verdadero, estará indemne hasta el próximo giro y, siempre que haga lo mismo, estará libre de daño. Pero cuando, por no haber podido seguirlo, no lo ha visto, y por cualquier azaroso suceso se va gravitando llena de olvido y dejadez, debido a este lastre, pierde las alas y cae a tierra"
Fedro, 246 d 3- 248 d